Los porteños curiosamente le damos la espalda al río, pero por suerte ha habido una pequeña tradición de pintores portuarios que han rescatado uno de los lugares más emblemáticos de nuestra querida ciudad, un Justo Lynch fue el primer marinista del Arte de los Argentinos.
Su fascinación por la navegación se inició cuando niño, mientras escuchaba antiguas historias familiares acerca de sus antepasados, una verdadera dinastía de marinos irlandeses, alguno de los cuales combatió en Trafalgar (1805) a las órdenes del Almirante Nelson. Y con su hermano, transformaron esos relatos en una verdadera labor artesanal, construyendo pequeñas embarcaciones que echaban a navegar en las aguas del Río de la Plata, a cuyas orillas se encontraba la vivienda familiar, en Martínez.
Pero esta pasión por el mar se transformaría en el centro de su vida artística cuando, años más tarde y ya desarrollada su vocación por la pintura, conoció al maestro italiano Eduardo de Martino, eximio marinista, con quien se convirtió a su vez en destacado pintor de temas en los que el mar y las naves constituyeron el centro temático de mayor interés.
Entre 1893 y 1896 participa en las muestras de El Ateneo, uno de los primeros centros de exposiciones de artes de la ciudad. Y en 1904 realizó su primera exposición individual en la Galería Witcomb.
Con paleta luminosa e impecable técnica, recreó en sus obras los más importantes episodios de la historia naval argentina. Se destacan la magnífica serie dedicada al Almirante Guillermo Brown, “Combate de San Nicolás”, obra realizada en 1910 por encargo del Museo Histórico Nacional y “Día de Fiesta”, que recrea la llegada al puerto de Buenos Aires, luego de su gira por Europa del Presidente electo Marcelo Torcuato de Alvear, a bordo del buque francés “Massilia”, en septiembre de 1922.
Además de su labor artística, Lynch fue un gran maestro – uno de cuyos discípulos más importantes fue Oscar Vaz- y un inquieto Inspector Técnico del Consejo Nacional de Educación, cargo para el que había sido nombrado en 1914 y durante el ejercicio del cual comenzó a desarrollar métodos para la enseñanza del dibujo y la pintura en la escuela primaria y secundaria.
Con el correr de los años, la pintura de Justo Lynch se fue alejando del mar y, tornándose más íntima, se acercó al río, que logró pintar como pocos. Siempre fue un colorista sensible y refinado, a quien le gustaba detenerse en los cielos y los efectos dorados del sol en el agua. También le atraían sobremanera los astilleros, los grandes vapores anclados, con las notas de color de los cascos destacados en la atmósfera vaporosa del puerto; el barrio de La Boca se definió en sus obras como un motivo pictórico fuerte y original, y su interés por los rincones pintorescos de las orillas del Riachuelo lo llevó a instalar su estudio en la ribera, “donde durante años de intensa labor y observación en contacto directo con su tema se consagra a extraerle la poesía que encierran sus muelles abarrotados de embarcaciones de todas partes del mundo. Diariamente va al natural y recorre incansable, con su libreta de apuntes, las orillas buscando sorprender una nueva nota”, como expresa la Revista Atlántida en 1923.