En nuestro arte, Alfredo Gramajo Gutiérrez es, junto con Leónidas Gambartes, el artista que ha mamado de las raíces indo – americanas. Nuestra pintura en general es de origen y de intenciones europeas, en cambio, Gramajo ha querido rescatar la idiosincrasia y la identidad de nuestros pueblos, ya sea en Tucumán, como en Catamarca o en el Chaco. Su estilo y su escuela fue continuada únicamente por un pintor desgraciadamente poco conocido: Gaspar Besares Soaire.
Nacido en la provincia de Tucumán, con apenas 14 años se instala en Buenos Aires e inicia sus estudios artísticos en la Sociedad Estímulo y en la Academia de Bellas Artes, teniendo entre sus profesores a Eugenio Daneri.
En 1917 logra el título de Profesor de Dibujo, cumpliendo una larga tarea como docente en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano. Uno de sus alumnos, el escultor Juan Carlos Distéfano recuerda: “la enseñanza de las artes ignoraba América; sólo tenía ojos para Europa. Por eso, este tucumano en extremo silencioso era en la escuela una curiosidad.”
En sus obras de la primera época el protagonista es el paisaje, de características impresionistas, pincelada suelta y empastes de materia, como los realizados en Catamarca y el Chaco. Luego las figuras fueron el motivo principal de sus obras, que con dibujo ajustado y colores que nos recuerdan la pintura cuzqueña, son verdaderas “narraciones” de la vida en los pequeños pueblos del noroeste argentino, que conjugan las creencias religiosas y profanas de sus habitantes, mezcla de indígenas y europeos.
Aunque radicado en Buenos Aires su trabajo en los ferrocarriles lo une al paisaje de su infancia y las arraigadas costumbres del norte de nuestro país: carnavales, procesiones, entierros y ferias… Paisanos y “chinas” protagonizan sus obras, con un dibujo y colorido casi “ingenuo”. Explica así Gramajo el origen de sus colores: “El resplandor de aquel crepúsculo aldeano es el colorido fuerte que vibra en mis ojos. Todos eran colores detonantes que recogí en medio de las negruras del fanatismo y de la lamentable miseria de los hombres. Pero eran pintorescos, tan decisivos y bellos los paisajes, los tipos y los vestidos, que no se han borrado de mi imaginación.”
El poeta Leopoldo Lugones expresó: “Teníamos ya excelentes pintores que trabajaban con elementos del país, la figura y el paisaje. El pintor nacional que era la esperanza brillante, aunque vaga todavía en la persona de Gramajo Gutiérrez, acaba de revelárnoslo completo, es decir con la garra de un creador… La franqueza de su valientísimo color alcanza a ratos la sinceridad de los primitivos…”
Casado con una catamarqueña con quien tiene 2 hijos, se instala con su familia en Olivos. Pintor de raza, nunca recurre a la fotografía. Cuando viaja dibuja incansablemente, aboceta rostros, apunta colores, anota circunstancias… Luego, en su estudio, compone y pinta.
Artista incomparable, sin marcadas influencias de otros pintores, reflejó aquello que vivió en su niñez y redescubrió años después en sus viajes: “Sé que me critican los retóricos de la pintura. Los que exigen clasicismo y perfección. Pero yo puedo contestarles: no sé de escuelas ni de academicismos. Pinto para los hombres de sentimiento, los que aman la vida…”