A raíz de sus obras expuestas en Buenos Aires en 1901 fue considerado por su hijo, el famoso crítico de arte Romualdo, y por otros historiadores como el primero de los impresionistas del Arte de los Argentinos, junto con Martín Malharro.
Tomó las primeras clases de pintura en La Plata y continuó sus estudios en Europa. En Roma instala su taller en la bohemia Via Margutta, la calle de los artistas, donde trabaja con modelo vivo y también sale a pintar el paisaje de los suburbios romanos. Luego viaja a París, donde toma contacto con las obras de los más grandes pintores impresionistas de la época, que influirán en su forma de pintar.
En 1901 regresa a Buenos Aires con tres cajones cargados con las obras que había realizado durante los cinco años de estadía en Europa y las presenta a Ernesto de la Cárcova, el que personalmente selecciona 22 de ellas para exponerlas en el Salón La Prensa en noviembre de ese año. Salvo una, de características académicas, todas ellas son paisajes de pequeñas dimensiones (22 por 40 centímetros la mayoría), “impresiones” sacadas de la naturaleza, de la que el pintor tomaba, como él mismo decía “…sólo la esencia de las cosas, la expresión de ellas. El análisis, el detalle desaparecía para dar cabida tan solo al momento de la creación,… la síntesis que embargaba mi alma…”
Dijo el maestro Eduardo Sívori: “Esas manchas de color, esos tonos verdes, azules, rojos, amarillos, todavía no pueden ser comprendidos por nuestro público. Esta pintura se adelanta a su tiempo.” Esta primera exposición impresionista en el país no tuvo grandes elogios, sin embargo Brughetti no se desanima y continúa pintando. Recordaba: “La luz del sol era mi pesadilla y durante el verano de 1902 y de 1903, constituye mi principal estudio y es mi modalidad pictórica. Pintaba la luz, ella me absorbía enteramente y días enteros me pasaba pintando a pleno sol. La transparencia de las sombras, el colorido fluido y brillante, el toque elástico y certero era el fin que me proponía y conforman la característica de esas obras.” Tal es su preocupación en captar rápidamente ese instante del paisaje, que además de colocar al dorso de la obra el lugar y el día en que fue pintada, anotaba también el horario.
Realiza un nuevo viaje a Europa, regresando en 1904. Se instala en la ciudad de La Plata y participa, ese mismo año, en el Salón de Pintura organizado por el Diario Buenos Aires. El jurado de la muestra, integrado por los pintores Malharro, Sívori, de la Cárcova y el escultor Mateo Alonso, elogia su obra, pero otorgan la medalla de oro, como acto de caridad, a un pintor español muy enfermo. Viaja dos veces más a Italia y en 1914 se instala definitivamente en la ciudad de La Plata.
En 1931, redescubre la belleza del paisaje ribereño y comienza a pintar el río, su vegetación silvestre, sus verdes, el inmenso Río de la Plata, el color del cielo. Se instala en una casa en la ribera y pinta (principalmente al aire libre) desde el amanecer hasta la noche; y en 1932 expone el resultado de esta etapa, con 50 óleos en la Galería Nordiska.
A partir de su fallecimiento en 1956 fue su hijo quien se ocupó de difundir la obra y ha donado algunas importantes obras de su colección a distintos museos del interior del país, como el Museo Municipal Genaro Pérez de la ciudad de Córdoba, entre otros.