Fue el primer pintor gauchesco del siglo XIX que buscó plasmar, a través de su pintura, una identidad nacional. Su infancia transcurrió en la casa de la calle Luján 334 (hoy Pasaje Giuffra) en el barrio de San Telmo. Estudió en Florencia, donde entabló amistad con Juan Manuel de Blanes, quien lo aconsejó y se convirtió en su verdadero maestro.
En 1883 regresó a la Argentina e instaló su taller en la casa paterna y se integró a los círculos artísticos que progresivamente surgían en Buenos Aires. Inició una gran labor educativa en la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, de donde salió una importante camada de nuevos pintores. Durante 18 años ocupó la cátedra de dibujo, que dictaba “ad honorem” en la sede que la Academia tenía en el Bon Marché (hoy Galerías Pacífico), en Córdoba y Florida, en su primer piso.
Se dedicó con gran éxito a realizar retratos, pero su talento y su virtuosismo técnico se volcó luego a las que serían sus obras más representativas: temas campestres e históricos.
En 1893 su estupenda obra “Corrida de Sortija” integró la Primera Exposición de El Ateneo, importante institución cultural que realizó los primeros salones anuales de pintura argentina y marcaron un hito en nuestra historia del arte. La corrida de sortija es un juego introducido por los árabes en España. Se arraigó en nuestros paisanos, quienes disfrutaban con la demostración de habilidad del jinete que debía ensartar con un palito el aro que pendía del arco. En esta obra, Della Valle creó un pueblo imaginario tomando edificios de distintos lugares: el de dos plantas es su casa paterna en San Telmo.
En pleno ejercicio de su tarea docente lo sorprendió la muerte, cuando estaba por iniciar una de sus clases. Su alumno Valentín Thibon de Libian realizó en ese instante un dibujo que reflejaba ese momento, en muestra del respeto y el afecto que sentía el alumnado hacia el maestro.
El campo argentino, sus paisajes y tradiciones fue la temática preferida de Angel Della Valle, que testimonió con gran veracidad y detallismo. Los malones indígenas, las tropillas de caballos, el paisaje de la llanura pampeana, las tareas y entretenimientos de los gauchos fueron los protagonistas de sus obras más importantes. Además de las que realizó con un neto carácter histórico como “Carga de Granaderos”, hoy en el Museo Histórico Nacional, y “El General Roca pasando revista” para la cual Della Valle pidió a un Jefe del Ejército estudiar en directo una formación de la caballería.
Solía pasar temporadas en los campos de sus amistades, donde pintó bellísimas acuarelas y tomaba apuntes del paisaje para luego recrearlos en su taller. La estancia de Pedro Lagleyze y la de su cuñado José María Palma, ambas en la provincia de Buenos Aires, brindaron inspiración al maestro. Además coleccionaba en su casa-taller de San Telmo uniformes, ponchos, armas y aperos que utilizaba como modelo para sus obras, logrando en ellas un excelente carácter documentalista, también utilizó la incipiente fotografía como elemento de apoyo. Escribió el gran crítico Rafael Squirru: “Si Della Valle no fue testigo presencial de un malón, sí debe de haber escuchado su descripción de algún testigo presencial. La vivencia del conjunto (…) es tan poderosa, que parece pintada del natural…”