Nace en Morón en 1937, de padre argentino y madre austriaca, desde niño, junto al gusto por la vida rural descubrió su vocación por el arte.
En una estancia al sur, en Pedro Luro a 200 millas de Buenos Aires, donde pasaba los veranos conoció: los caballos, los aperos, las botas de potro, las noches estrelladas de la llanura, su gente, sus personajes, los mismos que luego servirían de inspiración en sus obras.
Al tiempo que realiza su bachillerato, comienza unos estudios de pintura con el santiagueño Gaspar Besares Soraire, que por entonces tenía su taller en la capital. La disciplina académica era matizada con salidas de fin de semana junto al maestro para pintar “a plain air” aunque solo fuera en Palermo.
En su juventud se ganó la vida como dibujante publicitario, y fue en Buenos Aires en plena ciudad cuando se reencontró con el campo, a través de las obras de Florencio Molina Campos, el genial cronista de la vida y las costumbres del gaucho argentino.
Ramos penetra entonces en el campo por la vía de la literatura: el Martín Fierro, de José Hernández, la obra cumbre de la literatura gauchesca, y “Don Segundo Sombra” de Ricardo Guiraldes,
En 1968, el Museo Histórico de su ciudad natal, le abre sus salas para la que sería su primera exposición. Como hecho augural la muestra inaugura el Día de la Tradición.
Cuatro años mas tarde las obras de Ramos se expondrán en la Sociedad Rural, en Palermo en el marco de una muestra de caballos criollos. A partir de allí su presencia en galería y salones es constante.
Su íntima vinculación con las letras lo motivaron a ilustrar numerosos libros, enlazando su nombre con el de autores como Guillermo Hudson, Elías Cárpena, Rodolfo Otero, Máximo Aguirre, etc.
Ha realizado muestras en nuestro país y el extranjero con rotundo éxito.
Sus temas preferidos: “nuestro campo” los cielos que se extienden infinitamente, el caballo y el paisano, su fina sensibilidad le permiten ser además fielmente testimonial del campo argentino y su poblador: el Gaucho.
“He descubierto- dice Ramos- que a pesar del progreso, bajo la piel del peón rural de hoy, sigue latiendo la idiosincrasia del gaucho”.
Rodolfo Ramos, es sin dudad un virtuoso un hombre que dibuja y pinta como pocos, poseedor de un conocimiento fabuloso sobre las tradiciones y sus obras son testimonio de la vida rural. Sus percepciones lo convierten en un interprete sensible de la tan particular psicología del hombre de nuestro campo que sus pinceles recrean con absoluta veracidad.
Decía Rafael Squirru- () El secreto de esas conquistas es, a no dudarlo, el resultado de vivencias muy profundas que delatan en el pintor, no solo su condición de artista sino de hombre de campo.
Siempre recuerdo que con el “Cadete” Guiraldes buscábamos defectos en sus pinturas para poder hacerle bromas y debo confesar que nunca logramos alguna observación de valor…
Su obra esta plena de detalles, no descuida absolutamente nada tal como lo hacia nuestro recordado y admirado Molina Campos.
Rodolfo es un hombre de una calidad técnica difícil de superar, y de una humildad extrema como decía Juan José Guiraldes –“Quienes conocemos nuestro paisaje rural sabemos que tiene un singular clima, que fluye de sus inmensos espacios abiertos; de sus silencios que casi se escuchan y unos colores de tonalidades muy singulares y Ramos capta eso admirablemente.