Todos los que hemos nacido en la década del 50, o antes, hemos tenido en nuestras manos la imagen de una obra de Carnacini. ¿Lo sabía? Es que en 1950 su óleo “El pueblo quiere saber de que se trata”, era la reproducida por el Banco Central de la República Argentina en los billetes de cinco pesos moneda nacional… Siempre fiel a los temas nativos, dedicó su obra al paisaje y la reconstrucción histórica de nuestro país.
Siendo un niño ya le gustaba pintar y vendió su primera obra. Recordaba Carnacini con una sonrisa: “necesitaba dinero para telas y colores; entré en tratos con una vecina para pintarle una naturaleza muerta; convenimos que el precio del cuadro se establecería de acuerdo con la cantidad y calidad de los elementos que figuraran en él…”; pícaro e inteligente el joven pintó unas manzanas junto a un jarrón de oro, cobrando una “fortuna” que en minutos se transformaron en colores, pinceles y bastidores.
Estudió en nuestra Academia de Bellas Artes y, en Roma, con el maestro Giulio Arístide Sartorio. Durante su viaje de estudios por Europa recorrió también Francia e Inglaterra, pero al estallar la Primera Guerra Mundial, retornó al país.
Instaló su hogar y su taller en Villa Ballester, en la zona norte del Gran Buenos Aires, que por entonces era prácticamente campo, donde hoy se encuentra el Museo que lleva su nombre. Allí compartió jornadas de trabajo con sus vecinos Juan Peláez, Carlos Ripamonte y el decano de nuestros pintores, Eduardo Sívori. Allí dio rienda suelta a su vocación de paisajista, no era cuestión de trasladar el caballete y ponerse a pintar, había que sentir el paisaje, y para ello era necesario hacer la vida del paisano. “Pintor de la pampa” lo llamaban; y la pampa, según decía se encontraba “ahí nomás a poco de salir de la villa, a una hora de viaje está el río y una hilera de ombúes que hacen sentir el alma de la patria”.
Solía recorrer las calles en bicicleta, buscando motivos para sus obras. “Aquí he pintado los más hermosos paisajes, -decía-, la Villa es maravillosa por su variedad: posee bañados, lagunas, y ruinas evocadoras de las prisiones del tiempo de Rosas”.
“Descanso” es, en nuestra opinión, una de las obras más extraordinarias; en ella evoca el paisaje bonaerense de principios de siglo, cuando sus ricas tierras de horizonte lejano eran aradas por la mano del hombre y la ayuda del caballo. A pleno sol del mediodía, el paisano descansa, junto a su rancho de adobe y paja.
También pintó vistas del Riachuelo y el puerto de Buenos Aires, y el amor por lo nuestro lo llevó a recorrer todo el país; decía: “Cuando salgo al interior, todo lo que veo es de una grandeza ilimitada, por eso mis vistas son siempre panorámicas y no podrían ser de otro modo, quiero que cada uno de mis cuadros sea una ventana abierta sobre la inmensidad.” Así nos ha dejado paisajes del noroeste, Mendoza, San Juan, Córdoba y la Patagonia. Llanuras y montañas, ríos y lagos, selvas y desiertos… todo despertaba su interés y movilizaba su emoción de artista.
Fue un pintor sensitivo, colorista de riquísimos matices, dibujante excepcional, Carnacini capta la luz, pinta la atmósfera hasta hacer respirable el ambiente que plasma en la tela.