Sensible, estudiosa y excelente pintora, su obra nos trasmite alegría y esperanza: “Uno de los fines no siempre confesados del pintar es crear mundos de ficción, mundos como refugios, como sueños, mundos del más allá, a los cuales accedemos sin sacar los pies del más acá. Hay muchos otros mundos posibles…”, dice.
Tiene un taller en los fondos de una vieja casona de San Telmo, que da a un jardín inundado de luz y de pajaritos. Por eso la iluminación que entra a través de grandes ventanales está filtrada por el verde de la naturaleza, el color de la esperanza que reboza en sus pinturas.
Sus temas son cotidianos: “Los paisajes que me rodean, las calles que recorro, los objetos en el taller, los libros, las personas, pugnan por aparecer, me piden que los pinte. Inmersa en el chorro de luz del mundo, en ese río interminable de formas y colores que se suceden, vivo y pinto”, dice la artista. Pinta los objetos que le son familiares (mesas, manteles, frutas, flores, libros de pintura), pero en sus composiciones no se ve la rigidez de algo expresamente colocado con el fin de ser pintado, sino que las plasma cargadas de sentimiento Es como si Graciela nos dejara ver con sus ojos, que se detienen por un instante, como una foto instantánea, en un rincón de su atelier.
Los desnudos femeninos son también una de sus temáticas favoritas, ya que en el cuerpo humano encuentra las formas más complejas y armónicas que existen en la naturaleza; y en la piel, una gran riqueza cromática que varía con la luz.
Es el óleo su material preferido. La composición y el color tienen protagonismo en sus obras, y definen su estilo personal e inconfundible.

Graciela Genovés nació en La Plata el 24 de octubre de 1962. Al terminar el colegio secundario se inscribió en la Facultad de Medicina, pero luego de 3 años, abandonó la carrera y decidió dedicarse al arte.
Se graduó con el título de Profesora y Licenciada en Artes Plásticas, en la Universidad Nacional de La Plata, donde trabajó también como docente. Se perfeccionó luego con el maestro Osvaldo Attila. y mientras trabajaba como ilustradora para editoriales de libros y revistas.
En 1990 obtuvo el Primer Premio de Dibujo, en el Salón de Artistas Jóvenes del Museo Provincial de Bellas Artes de La Plata.
En 1994 se mudó a la ciudad de Buenos Aires, instalándose en el barrio de San Telmo. Se esfuerza, pinta, trabaja, lee, estudia… y el Siglo XXI comienza para ella con la consagración de una muestra en el Centro Cultural Recoleta. Allí conozco su obra y la invito a exponer ese mismo año en Colección Alvear de Zurbarán, donde expone frecuentemente desde entonces.

Madre de dos niñas y artista consagrada, Graciela es una mujer feliz. No porque viva abstraída de la realidad cotidiana, sino porque ha aprendido a ver y a beber de la mitad llena del vaso. Dice Graciela: “Creo que con mi pintura intento crear mundos posibles – ficciones arbitrarias y subjetivas – pero más esperanzadores…”