Prilidiano Pueyrredón nació en Buenos Aires el 24 de enero de 1823. Era el hijo único del General Juan Martín de Pueyrredón, primer Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y de María Calixta Tellechea.
Vivían en el centro de la ciudad, en la calle Piedad y Reconquista, y los fines de semana se iban a la chacra de San Isidro, llamada “Bosque Alegre”, donde hoy se encuentra el Museo Pueyrredón.
Con 12 años, viajó con sus padres a Europa, donde realizó sus estudios de arquitectura en el Instituto Politécnico de París y de ingeniería en la Escuela Central. Era un gran dibujante y dedicaba sus horas libres a la pintura. En Europa tomó contacto con las obras de los grandes pintores del Renacimiento y la obra de su admirado Jean Auguste Dominique Ingres (1780 – 1867).
Vivió 14 años en Europa y al regresar, en 1849, se instaló en la chacra de la familia en San Isidro. Allí, en un pequeño cuarto que está encima de las caballerizas, realizó la mayoría de sus obras. Se le encomendó pintar el retrato de la hija de Juan Manuel de Rosas. Manuelita posó para el artista con un vestido de terciopelo rojo, color que representaba al gobierno federal. El amplio escote deja al descubierto un lujoso collar, que junto a pulseras, anillos y aros integran su colección de finas alhajas. Pueyrredón se inspiró para la composición de esta obra, una de las más conocidas, en el retrato de la Reina de España que había realizado el pintor español José Madrazo.
Dos años después, se radicó en Cádiz, España, donde pintó escenas populares, retrató a gitanos y bailarinas andaluzas.
En 1854 regresó definitivamente a la nuestro país y comenzó sus trabajos como asesor de obras públicas: la refacción de la Pirámide de Mayo y la forestación de la plaza de la Victoria, el proyecto de construcción de un puente giratorio en Barracas sobre el Riachuelo y también participó en la restauración de la Iglesia del Pilar en Recoleta.
En 1862 se trasladó con su madre a la “Quinta Cinco Esquinas” (ubicada en la esquina de Juncal y Libertad), y en la planta alta de la casona instaló su taller de pintura.
A comienzos de 1869, su salud se vio afectada seriamente y murió al año siguiente en Buenos Aires.
Fue sin duda el más grande retratista, junto con Carlos Enrique Pellegrini, del Arte de los Argentinos. La piel y la expresión de su modelo es lo que más destaca en sus retratos. Su principal tarea como retratista la desempeñó entre 1859 y 1866. Se dedicó con pasión y laboriosidad a pintar los personajes de la aristocracia del viejo Buenos Aires (a la cual pertenecía), entre ellos a su amigo don Miguel de Azcuénaga, a doña Isidora Peralta Ramos con su hijo Jorge, a Julia Sagasta de Quirno y a muchos otros.
Pero sin duda sus obras más buscadas son aquellas que reflejan las tradiciones y las costumbres de nuestro campo y son uno de los mejores testimonios iconográficos que tenemos del siglo XIX. Caminos agrestes rodeados de ombúes, el tránsito de carretas, animales y la inmensidad y colorido de los cielos del campo, son algunos de los temas recurrentes en sus pinturas de paisajes rurales.