
Adolfo Nigro
Rosario, Santa Fe, 1942
De raíces rosarinas pero de sentimiento charrúa. Creativo único y personal, es creador de un mundo maravilloso en que únicamente pueden vivir y disfrutar aquellos de gran corazón.
Comenzó a pintar desde niño copiando la obra de grandes artistas como Cezanne, Picasso, Rafael. Luego comenzará a definirse como artista, marcado fuertemente por la obra de los uruguayos Torres García y Gurvich, de quién guarda en enorme recuerdo y lo define como el maestro que le enseño todo.
A los 14 años se mudó a Buenos Aires e ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano y estudió luego en la Escuela Superior Prilidiano Pueyrredón. En estos años son las naturalezas muertas, paisajes y retratos los motivos de sus obras, que de a poco se van sintetizando y fragmentando.
Pero es recién a partir de 1966, año en que se radicó en Uruguay, cuando Adolfo Nigro comenzó a definir su lenguaje propio y su labor artística. En Montevideo se vinculó con integrantes del Taller Torres García (ubicado en el barrio del Cerro) y estudió con José Gurvich, alumno del maestro uruguayo. Recuerda Nigro: “Fueron horas de intensa labor en el taller del Cerro, una práctica del arte cotidiana. Nos hizo comprender que juego creador e invención van juntos, que libertad y disciplina se complementan, que vida y arte son una misma cosa.” Por eso el artista busca expresarse con diferentes materiales: pintura, dibujos a pluma, collages y entre 1971 y 1973 incursionó en la cerámica y el arte textil.
Desde 1976 ha desarrollado una pintura plásticamente vinculada al Constructivismo de Joaquín Torres García, corriente influenciada por las tres mayores tendencias de los años ´20, el Cubismo, el Neoplasticismo y el Surrealismo, Adolfo adoptó esta corriente para volcar en ella sus vivencias y la realidad que lo rodea. Este ejercicio lo llevó a descubrir un entorno particular que es el Río de la Plata, las costas argentinas y uruguayas y aquello que las vincula: el agua. “Partiendo de este elemento desarrollo una iconografía integrada por peces, raíces, víboras, caracoles, plantas, ritmos de la arena, movimiento de las olas, los frutos de la costa, la gente del río y sus herramientas de trabajo: redes, barcas, cañas, faroles, baldes, los sueños del pescador, el día y la noche, el tiempo que pasa, los puertos, los caseríos de la costa.” “Desde este regionalismo busco llegar a lo universal, pues el artista no le queda más que crear a partir de lo que le rodea”, expresó el artista.
Simplifica cada uno de estos elementos sin llegar a la abstracción: “En mi obra siempre los seres y las cosas circulan, levitan, vuelan, van o vienen… está todo en movimiento, el movimiento típico del agua y del crecimiento de los seres orgánicos…”
Al abordar la tela siempre parte de la realidad, nutriéndose de ella. El ser humano aparece con algunos elementos sugeridos: ojo, mano, pie, cabellera. Expresa el artista: “Yo pintando recupero lo perdido, la experiencia en el río en mi infancia, mi vida en Montevideo. Al pintarlo lo atrapo, lo hago mío de nuevo. En la ciudad, me nutre la ausencia de ellos. Cuando pinto me reencuentro con los colores, de repente un celeste en mi paleta me recuerda el cielo de Rosario, frente al Río Paraná…”