Nació en Buenos Aires el 20 de abril de 1890. A los 16 años ingresó en la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, donde estudió con los maestros Reinaldo Giudici y Ernesto de la Cárcova. En 1910 obtuvo una beca para viajar a Europa, meta de todos los pintores de la época, pero la falta de presupuesto del Ministerio de Instrucción Pública frustró el viaje. Participó con una obra en el Salón Internacional del Centenario, pese a sus escasos 20 años. Fue becado nuevamente en 1914 y esta vez el estallido de la Primera Guerra Mundial le impidió el viaje. Finalmente en 1917 realizó el tan esperado viaje a Europa, recorrió España y visitó sus importantes museos.
Fue asiduo concurrente al Salón Nacional y realizó numerosas exposiciones, las más exitosas en la Galería Müller y la Asociación Amigos del Arte. Expuso también en varias ciudades del interior del país.
Malinverno fue contemporáneo y, en mi opinión, de la misma talla de Fernando Fader y Cesáreo Bernaldo de Quirós. Pero apegado por su temperamento a la meditación y la soledad se dedicó exclusivamente al paisaje y su obra aún no alcanzó una difusión acorde a su calidad. Tenía una casita en Quilmes, y allí se retiraba a pintar en las horas que le dejaba libre su trabajo como inspector de escuelas, cargo que ocupaba desde 1930 y una agencia de publicidad, que le permitieron dar un buen pasar a su familia.
Cuando en 1922 viajó por primera vez a Córdoba, quedó deslumbrado por el paisaje serrano y a partir de entonces se incorporaron a su temática los valles serranos, los ranchos y capillas, los algarrobos y los álamos. Pero aunque pintó las serranías de Córdoba y Tandil fue, ante todo, un pintor de Buenos Aires: los lagos de Palermo, las quintas de los alrededores porteños, la costa del río, especialmente la zona de Hudson y Quilmes. El paisaje costero de Buenos Aires le brindó, en particular, innumerables motivos para sus cuadros. Disfrutaba recreando las arboledas de sauces y eucaliptos, con sus follajes densos, en los que se filtra la luz del sol. Los críticos lo bautizaron “el pintor de los árboles”, un título más que merecido ya que nadie los pintó con tal variedad de matices, recreando la luz del sol en los follajes con pincelada suelta y materia rica. En especial el eucalipto era para Malinverno una síntesis perfecta de gracia y proporción. Con pincelada jugosa y una paleta rica en gamas de verdes, que se tornan cálidos a la luz del sol, pintó estos árboles, que protagonizan muchos de sus cuadros. En su turismo pictórico buscando paisajes, lo acompañaban su mujer y sus hijas Alicia y Nené. Una de ellas aún recuerda con vividez la mano de su padre moviéndose grácil para formar, en pocos trazos, un árbol, el leit motiv de su pintura.
La muerte lo sorprendió el 21 de junio de 1936, cuando apenas tenía 46 años y estaba preparado una exposición que se inauguraría un mes después.