A los 25 años, llegó a Buenos Aires este pintor toscano, de una sólida formación académica, contratado para proyectar y ejecutar unos vitrales con motivos religiosos para una iglesia en La Plata. Su propósito era permanecer pocos días en el país, pero al llegar, se enteró que el proyecto había fracasado, por lo que debió buscar trabajo como docente de pintura, se encariñó con esta tierra y con su gente y nunca regresó a su patria natal.
Su vocación docente lo lleva a aceptar, en 1903, el ofrecimiento de los maestros Pezzini y Stiatessi para dar clases en la Academia dirigida por ellos, en la Boca, donde tuvo como alumnos a Benito Quinquela Martín, Fortunato Lacámera, y Luis Ferrini, entre otros.
Sus clases no se limitaban a la sesión semanal en el encierro del aula. Muchas veces reunía a sus discípulos los días domingos y los llevaba a la Isla Maciel, cruzando el Riachuelo, y allí, al aire libre, los hacía pintar descubriendo el entorno y valorando la naturaleza. Enseñaba, tal vez sin proponérselo, de una manera revolucionaria. Trabajando, hablaba a sus alumnos de los principios estéticos, de lo aprendido por él en la formación académica recibida en Italia. Lazzari orientaba, corregía e insinuaba, pero dejando siempre espacio para que el germen de individualidad creadora se expresara. Recordaba Quinquela: “Tenía una rara condición, rara en profesores de academia: dejaba en libertad al alumno para que explayara su temperamento, buscara su propia expresión y hasta su propia técnica. Este respeto por la libertad en el arte es uno de los mayores beneficios que saqué de sus enseñanzas.”
Para entonces, se había afirmado en él el gusto por pintar callecitas y rincones de La Boca. Lo hacía en pequeñas tablitas del tamaño de una caja de cigarros. De ese tamaño era también su caja de pinturas, que hoy atesora su hijo Aldo, que el artista había adaptado para que le sirviera de sostén. Con la amabilidad que lo caracterizaba pedía permiso para entrar en los patios de los típicos conventillos de chapa para recrearlos en sus obras; al ver la pobreza en que vivían sus habitantes, este hombre de corazón sensible y generoso les mandaba comida o un médico cuando hacía falta.
En estos años Lazzari entabló amistad con Decoroso Bonifanti y años después, con Thibon de Libian y Victorica, quienes acudían para consultarle acerca de cuestiones técnicas y solicitar su opinión. Pero ellos nunca lograron convencerlo para que expusiera sus creaciones. Solamente expuso 26 obras en la Galería Witcomb en noviembre de 1935, después de casi cuarenta años de trabajo y docencia ininterrumpidos, porque sus ex-discípulos Quinquela y Lacámera lo lograron. Esta sería una de las pocas muestras individuales que el artista ofreciera en vida. También fue muy amigo de Ángel Della Valle, otro gran pintor y maestro, quien pintó un retrato suyo que hoy se encuentra en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Fue un hombre muy querido y respetado, tenía un hermoso grupo de amigos con los que solía compartir, en alguna de las típicas cantinas de La Boca, cenas regadas con abundante vino… y varias veces Lazzari, riguroso abstemio, se encargaba de llevar a los bebedores cada uno a su casa…