El 11 de abril de 1881 nació en La Haya, Holanda, Adrianus Hendrikus Witjens, quien será conocido por los seudónimos artísticos: Jacques Witjens Stephan, compuesto a la usanza sajona adicionando el apellido de Herta María Stephan, su esposa; y el más sencillo Jacques Witjens que utilizará en la última década de su vida.
Estudió bajo la dirección del pintor y litógrafo August Allebe, de quien recibió una sólida formación técnica y en 1901 abrió su primer taller en su ciudad natal. Participó en exposiciones en su país natal, obteniendo el Primer Premio en el afamado concurso Bignall.
Hasta 1919 trabajó y residió en Utrech y Harlem, y en el año 1920, recién casado, decidió visitar a unos parientes que vivían en Argentina.
Witjens tenía un gran prestigio ganado en su patria y su intención al venir a la Argentina fue, sencillamente, conocer el país y no supo en aquel momento que esta nación, a la que arribó cuando contaba con 39 años, habría de ser no solamente un puerto más en su luna de miel. Al conocer el Tigre y sus alrededores, fascinado con el entorno, decidió quedarse definitivamente en la Argentina, donde nacieron sus dos hijos y realizó lo más significativo de su obra pictórica. Instalado en aquella localidad bonaerense realizó una gran tarea como paisajista, recreando las visiones asombradas de la nueva tierra que lo recibió y también, con nostalgia, las imágenes de su tierra natal.
La primera vez que muestra sus obras fue en una exposición colectiva en el Círculo Belga, en 1925, y tres años después realizó su primera exposición individual en la Galería Naumans. En la década del 30 expuso con regularidad en Nordiska y en la Galería Renom, de Rosario.
En 1946 obtuvo el Premio al Mejor Paisaje del Delta en el V Salón de San Fernando (Provincia de Buenos Aires). En su única presentación en el Salón Nacional de Artes Plásticas, en 1948, recibió el Premio único para extranjeros.
Su amor por el paisaje argentino ha quedado registrado en sus obras, con la rigurosidad y maestría técnica que le había sido marcada por los cánones de la Escuela de La Haya. Siempre me ha resultado curioso advertir cómo los artistas extranjeros “saben ver” de una manera diferente nuestro paisaje. Es como si lo vieran desde una atalaya, desde un punto de vista que les permiten reparar en aquello que, por cotidiano para nosotros, no sabemos distinguir o apreciar, y toca a ellos el señalarnos su importancia y los valores que la componen.
Creemos que Witjens fue un artista que nunca quiso dar demasiada importancia a su obra. Nos da la impresión de que él se hubiera sentido un mero artesano, un simple narrador plástico de sus vivencias. No buscó ni recompensas ni títulos. No aspiró jamás a ser calificado como artista. Pero, eso sí, fue plenamente un hombre de la cultura. Tal como siglos antes a su compatriota Erasmo, “nada de lo humano le fue ajeno”. La música, la literatura, fueron junto con la pintura los motores esenciales de su existencia. Y a través de ellos, la emoción que le producía el paisaje lo plasmó en sus telas de una manera sencilla y sin falsos artificios.

El pintor “holando – argentino” falleció en Buenos Aires, el 7 de diciembre de 1956.