Enrique Policastro nació en Buenos Aires, hijo de padre italiano y madre andaluza, sus comienzos en la pintura fueron difíciles, ya que creció en un contexto muy austero, al punto de tener que suspender sus estudios primarios cuando su padre falleció, para poder trabajar y ayudar a solventar la economía familiar.
El aprendizaje con maestros se redujo apenas a unos escasos meses de instrucción durante el año 1915, con el arquitecto y pintor Alejandro Christophersen, pasando luego por el taller de Federico Sartor y el español Vila y Prades. Sin ninguna duda, conoció la obra del vasco Ignacio de Zuloaga, que influenció profundamente en sus primeros trabajos. Sus temas de niños conllevan una crítica directa a la situación de pobreza y desigualdad que se vivía en nuestro país, por lo que se puede considerar que su arte está imbuido de un realismo de carácter social, a la par de las obras de Demetrio Urruchúa, Antonio Berni y Juan Carlos Castagnino, entre otros.
Aunque nunca logró su viaje a Italia, sus ojos siempre estuvieron atentos a los acontecimientos del Viejo Mundo, que en más de una oportunidad inmortalizó en sus obras. A pesar de esto, fue un pintor viajero en su tierra; sus mayores obras las realizó en Santiago del Estero, sus grises nos recuerdan el dramatismo del pintor cantábrico José Gutiérrez Solanas quien también había influenciado profundamente en nuestro Enrique Larrañaga. Datan de estos viajes, unos admirables paisajes en la Patagonia. Dijo el artista: “Lo que yo quisiera es meterme en la tierra, entrar en ella y en su realidad profunda. Es la única manera de realizar algo sólido, algo verdadero”.
Trabajó en pinturas murales y en 1956 participa junto con Spilimbergo, Castagnino y Urruchúa, en la decoración de la gran cúpula central de la Galería San José de Flores (Av. Rivadavia 6836). Allí realizó una obra extraordinaria relacionada con la leyenda de la Pachamama.
Era común verlo con una gran bolsa llena de carbonillas y pasteles que se manchaban unos con otros. Por eso, en la mayoría de sus trabajos, podemos observar al dorso una infinidad de rayas, que era el primer uso que le daba al pastel o a la carbonilla para limpiarlos, antes de comenzar a trabajar en la obra. La temática esencial de la obra de Policastro, tiene que ver con la humildad, la sencillez, el amor a la tierra representado en sus paisajes, la exaltación de las pequeñas cosas, la representación de situaciones y personajes, que a través de sus pinturas nos cuentan una historia a la que no podemos ser indiferentes.
Su vida estaría signada por la pobreza, por ello enviaba continuamente obras a los salones nacionales, provinciales y municipales para recoger algunos ingresos. Fue empleado en la Secretaría Electoral del Juzgado Federal, y muchas veces se “auto enfermó” para poder faltar al trabajo justificadamente y poder pintar. En una entrevista contaría: “Trabajo mucho, tengo que aprovechar mis horas. De tarde voy al empleo y como de noche no se puede pintar, me levanto al amanecer y trabajo hasta mediodía”.
Cuando fallece en 1971, se cumple con su deseo; sus cenizas fueron dispersadas en un puesto en una estancia en San Antonio de Areco, donde contaba con numerosos amigos. Su obra está representada en el Museo Provincial de Bellas Artes de La Plata.