Como fraile dominico tenía la misión de “predicar la palabra de Dios para la salvación de las almas”, y sin duda lo hizo también a través de sus pinturas, uniendo sabiamente sus dos vocaciones: la religiosa y la artística. Para Fray Butler, la pintura era la plasmación de emociones fuertemente sentidas. “Lo que no sale del corazón no llega al corazón”, les decía a sus alumnos, recordando un viejo proverbio alemán.
Como los mosaicos que admiró en Ravena y en las iglesias de Europa, los cuadros de Fray Butler están hechos con una fina trama de pequeños toques de color. Pintura diáfana y armoniosa, con paleta de suaves tonos pastel, ha recreado los claustros conventuales, las capillas escondidas en las sierras y su emotiva visión del paisaje: “Imitar la naturaleza sería una tentativa no solo vana sino ridícula, pues jamás llegaremos a reproducir la luminosidad de un rayo de sol o la blancura de la nieve”, decía.
Nacido en Italia llegó al país con sus padres siendo un bebé. Estudió en el Colegio Lacordaire de Buenos Aires, de los padres dominicos, donde desde niño se perfila su predilección por el dibujo, la pintura y la religión, que encauza cuando ingresa como novicio en el Convento de Córdoba. Al mismo tiempo inicia allí su formación artística con los maestros Emilio Caraffa y Honorio Mossi, que continuó en Europa. En Florencia pudo contemplar la obra de su admirado Giovanni da Fiésole (El Beato Angélico) en el Convento San Marcos. “La intensa y sincera emoción de aquel fraile ingenuo había penetrado en mi alma”, recordaba años después. Luego en París, frecuenta a los “pintores nabis”, en especial a Maurice Denis. Este grupo se caracteriza por hacer obras simbólicas, de formas y temas simples pintadas con colores puros, que hacen referencia a la esencia de la religiosidad; su nombre, de hecho, proviene del hebreo y significa “profetas”.
Luego de varios viajes a Europa, decide afincarse definitivamente en la Argentina e inicia su gran labor docente, en el colegio Lacordaire primero y luego en la Academia “Beato Angélico” por él fundada. Allí tenía su taller, donde solía recibir a los amigos luciendo sobre el hábito blanco, el delantal de pintor. Decía: “La iglesia necesita artistas, porque el arte proporciona alegría”. “El artista tiene una misión sagrada que debe cumplir con respeto y humildad”. Fiel a su pensamiento, Fray Butler, el dominico pintor, ha enriquecido el Arte de los Argentinos con una obra plena de espiritualidad. Como el Beato Angélico, pintó vírgenes candorosas, y nos dejó su serena visión del paisaje. También ha realizado algunos retratos y bellísimas composiciones con temas religiosos, siendo su obra cumbre los ocho magníficos lienzos que reflejan pasajes de la vida de la Virgen María que pintó especialmente para la Catedral de la Inmaculada Concepción, de Villa María, Córdoba. Además diseñó vitraux para varias iglesias de nuestro país, entre ellas la del Convento de Santo Domingo, en la Avenida Belgrano y Defensa de Buenos Aires, donde él viviera y también en la Iglesia del Salvador, de Callao y Tucumán.
Hecha de suaves gamas de lilas y verdes; su pintura íntima, refinada, y armoniosa; transmite descanso y placidez a quien la contempla. Como escribió el crítico Atalaya: “la contemplación de los cuadros de Butler, nos ha hecho mejores y por ello nos hemos sentido más buenos.”